jueves, 6 de mayo de 2010

Sus ojos... dos dagas en mi pecho

Desde hace tiempo un hombre camina a paso lento por el parque, a oscuras. Mira a su alrededor; pone sus ojos sobre la gente que pasa al lado de él. Tiene la capacidad de saber, con sólo mirar, el comportamiento de las almas encapsuladas en los cuerpos. Eso pasa casi siempre, cuando aquello no sucede se depositan sus sentidos hacia esa persona.

Cuando caminó en aquel momento, bajo el manto de la tibia noche, iluminada por el carisma y belleza de las estrellas, no se imaginó encontrar tal hermosura: sonriente, quieta, de mirada pensante o extraviada. Mientras todos simulaban felicidad y nerviosismo, sus ojos se clavaron como dos dagas en el pecho del hombre.

Aun recuerdo las palabras que oí de él esa noche. Aun recuerdo el movimiento de sus pies cuando se acercó, me habló al oído y dijo: “No sabes cuanto sol aquí ahora; si tan sólo pudiera tener aquella inocencia, si pudiera tomar de sus labios su esencia”.

Y en este momento preciso momento sigo observándote, como un hombre que yace bajo el marco de una ventana: paciente, quieto. Escuchando la bella melodía de tus palabras, en el ignoto cielo a oscuras.